octubre 29, 2008

Historias de la ciudad: Enedina, un perro robot

Hoy miércoles salí muy temprano de casa, tomé el Metro y me bajé en la estación Centro Médico, eran cerca de las 8.30 de la mañana; a la salida de la estación vi a una niña de unos 9 años vendiendo chocolates a todo el que pasaba, no le puse mucha atención pues iba retrasado y me olvidé del asunto.

De regreso al Metro, como a las 12.30 me percaté que la niña seguía allí, de pie, vendiendo sus chocolates; me puse a pensar y recordé que entre mis cosas llevaba un perro robot que casi siempre cargo. Lo saqué y me acerqué a comprarle a la niña unos chocolates, mientras me daba mi cambio noté su cara de curiosidad con el perro (pues prende luces y mueve la cabeza):

Yo: ¿Te gusta? Ten, te lo regalo.

Niña: ¿De verdad?

Yo: Claro, ten, tómalo.

Niña (tomando emocionada el perro-robot y viéndome con curiosidad): Oiga señor… ¿Y cómo se llama el perro?

Yo (sin saber qué decir): Se llama… Se llama… Mmmm… ¿Por qué no le pones tú un nombre?

Niña: !Se llama Enedina¡

Yo: ¿Enedina? !Que bonito nombre¡ …Adiós bonita… Cuídate mucho…

Niña (sonriendo): Adiós.

¡Que tonto soy! En verdad que sé muy poco del mundo infantil¡Cómo pude regalarle un juguete a un niño sin ponerle nombre¡

Lo bueno es que ya aprendí la lección para el futuro.

Doctor Jorge Alberto Lizama Mendoza, 29 de octubre de 2008

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octubre 10, 2008

Historias de la ciudad: Las niñitas de la Alameda

Hoy inicio en Cybermedios una nueva sección inspirada en las historias que a diario uno vive en la Ciudad de México.

Las niñitas de la Alameda:

Esta tarde mi amigo Rogelio Zamudio y yo decidimos irnos a la Alameda Central a hacer algunas pruebas con nuestro equipo láser. Al llegar al sitio de inmediato sentimos la atmósfera de decepción y preocupación de la gente por la situación que se vive en el país: violencia simbólica, caras largas, ningún motivo para sonreír…

Nos pusimos a hacer pruebas en el Hemiciclo a Juárez cuando de repente se acercan dos niñitas con ropa muy humilde y curiosas por las luces que proyectábamos. Después de un rato de platicar con ellas comenzaron a jugar a atrapar las proyecciones láser, una situación que nos alegró mucho la tarde no sólo a Rogelio y a mi, sino también a la gente que pasaba por allí.

Después de bastante rato nos dimos cuenta que las niñas no venían con nadie, nadie las cuidaba, no tenían juguetes para distraerse. Al preguntarles nos comentaron que su mamá tenía un puesto ambulante en la Alameda y que no las podía cuidar mucho tiempo pues tenía que atender a la clientela. Al poco tiempo llegó su mamá por ellas y las niñas nos despidieron con una gran sonrisa.

En el camino de regreso a casa me quede reflexionando en las paradojas de la vida: Gente que teniéndolo todo no se conmueve del sufrimiento de otros; y dos niñitas que sin tener nada, nos regalaron a varios una tarde de felicidad.

Dos niñitas de Dios, amorosas desde el principio, que me hicieron sonreír.

Doctor Jorge Alberto Lizama Mendoza, 10 de octubre de 2008

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